| Artículo
sobre Álvaro
de Marichalar
Por Antonio Burgos
Álvaro
y Miguel
Revista Hola
Febrero de 2002
"...lo de Alvaro no es simple afán
de aventura, sino casi una forma de ver el mundo,
una mística del esfuerzo y de la tenacidad
en esta vida tan falta de valores que tiene como
suprema norma el "todo vale" y el dinero
como medida de todas las cosas".
"...tras oír al humanísimo
Alvaro de Marichalar me daba la impresión
de que me habían presentado a uno de nuestros
navegantes de las grandes gestas españolas
con que comenzó la Edad Moderna".
En esta España de los hermanos, de los
hermanos Machado, de los hermanos Bécquer,
de los hermanos Bienvenida, de los hermanos Alvarez
Quintero, tenía una imagen borrosa, cuando
no distorsionada, de Alvaro de Marichalar. Por
decirlo en frase castiza, en lo de "don Jaime,
el otro y el de la moto", Alvaro de Marichalar
era el de la moto. El de la moto de agua, que
había llegado con ella a los pies mismos
de la Estatua de la Libertad de Nueva York, tras
haber cruzado la ancha mar oceana. Tenía
la idea de que Alvaro de Marichalar está
loco por las motos de agua. De la misma manera
que su hijo, señora, o el mío, lo
están por la tabla de vela, que pierden
el sentido por ponerse a nevegar con ella cuando
en Lanzarote o en Tarifa hay un viento de fuerza
6 o 7, esos levantazos que mantienen cautamente
a las flotas pesqueras amarradas a puerto, que
es donde en tales casos hay que estar (pensamos
nosotros), y no cogiendo olas y dando saltos y
tumbos sobre ellas como posesos.
Un libro y una película de Alvaro de Marichalar
sobre sus aventuras me han devuelto una imagen
exacta de nuestro navegante. Tras asistir a la
presentación de su libro "Rumbo al
Horizonte Azul" y presenciar la proyección
de su película sobre la travesía
del Atlántico he empezado a pensar que
lo de Alvaro no es simple afán de aventura,
sino casi una forma de ver el mundo, una mística
del esfuerzo y de la tenacidad en esta vida tan
falta de valores que tiene como suprema norma
el "todo vale" y el dinero como medida
de todas las cosas. Es un místico, al que
las monjas carmelitas de Palma de Mallorca le
pueden poner una carta en su mismo lenguaje, el
encontrar la suprema perfección de Dios
en la inmensidad de los mares. No conocí
a Cristóbal Colón ni a Juan Sebastián
Elcano, pero tras oír al humanísimo
Alvaro de Marichalar me daba la impresión
de que me habían presentado a uno de nuestros
navegantes de las grandes gestas españolas
con que comenzó la Edad Moderna. Siempre
oímos decir que Colón atravesó
una mar desconocida y llegó a América
en un cascarón de nuez. Bueno, pues "La
Pinta", la menor de las carabelas colombinas,
es el "Queen Mary" al lado de la "Numancia",
el simbólico nombre de resistencia que
Alvaro le puso a su moto de agua. Que es también
nombre de una histórica fragata de la lista
de nuestra Armada, cuyo lema le cuadra perfectamente
al navegante navarro: "Entusiasmo, valor,
decisión".
Cuando Alvaro de Marichalar hablaba de su libro
y de sus navegaciones, me acordé inmediatamente
de otro insólito español, otro descubridor
de nuestros días: Miguel de la Quadra Salcedo.
Si podía valorar el esfuerzo de Alvaro
en la soledad del Atlántico, sobre las
olas de un color que nos hace comprender por qué
hay un azul al que llaman "marino",
era porque yo había navegado con Miguel
de la Quadra esa mar, aunque confortablemente
a bordo del viejo "J.J.Sister", cuando
nos embarcó en uno de los viajes de su
Ruta Quetzal, que reproducía uno de los
itinerarios de Colón, de Lisboa a las Antillas
y la tierra firme del Golfo de México.
Mi recuerdo de Miguel de la Quadra no iba descaminado,
porque al punto Alvaro de Marichalar se proclamó
su admirado discípulo. Los dos, Alvaro
y Miguel, se me aparecen ahora como dos descubridores
españoles del XVI, de la España
de las novelas de Arturo Pérez Reverte,
pero en pleno siglo XXI. Tienen la inmensa deportividad
de renunciar a los adelantos de nuestro tiempo
y volver a lo primigenio del esfuerzo, del reto
ante lo desconocido. Un avión hace en apenas
siete horas el viaje que Alvaro o Miguel tardan
semanas y semanas de riesgo y de esfuerzo en completar.
Pero en el avión no se ven las estrellas,
como Alvaro y Miguel las ven en la ancha mar.
Y mirando a las estrellas desde la alta mar se
tiene más cerca, como ellos, la presencia
de ese Dios al que los hombres cada día
le vuelven más la espalda.
Y es pena que toda esta dimensión ejemplar
del esfuerzo de nuestros dos aventureros se quede
en la caricatura de una excentricidad temeraria
o una extravagancia cultural. Alvaro de Marichalar
hizo su arriesgado viaje para llevar el nombre
de España por el mundo y para dar un grito
a favor de las instituciones que luchan contra
la droga. Nada de eso es conocido, borrada su
imagen por cuatro caricaturas mediáticas
al uso. Esa película de su gesta de cruzar
el Atlántico sobre un delfín con
motor, "Rumbo al Horizonte Azul", debería
ser proyectada a hora de máxima audiencia
en las televisiones. En lugar de los habituales
modelos de degradación ética y estética
para consumo masivo, tendríamos así
el testimonio de un navegante que contra viento
y marea nos ofrece el insólito mensaje
moral del elogio del esfuerzo, la tenacidad, el
riesgo, la ilusión, la fe, la esperanza.
Todo lo que falta en este tiempo en que los hombres
han cubierto de basura la pureza del horizonte
azul que creó el Dios que nace en estos
días.
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