| Carlos
V, el liberal frente al fanático
La Revista (El Mundo)
Número 124
Por don José Antonio
Jáuregui.
"¡ÉSTE ES
es mi emperador!", le dijo un eurodiputado
español a Peter Pex, frente a un retrato
de Tiziano de Carlos V. "Es, también
mi emperador", replicó el presidente
de la Comisión de Cultura del Parlamento
Europeo. No hubiese dicho lo mismo ante un retrato
de Felipe II.
Los austriacos veneran al nieto
de nuestros Reyes Católicos por haber liberado
Viena de los turcos (que hoy nos interrogan -y
en la pregunta va la respuesta- "si la Unión
Europea es un club cristiano"). Los belgas
consideran y sienten a Carlos V (1500-1558) como
a alguien muy suyo, ya que es un nativo de Gante
que vivió hasta los 17 años en territorio
belga. Su testamento está fechado en Bruselas
y en esta ciudad pasó los trastes políticos
a su hijo Felipe II en una ceremonia solemne y
emotiva de abdicación voluntaria (fray
Luis de León le dedicó su célebre
Beatus Ille: "Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo y sigue
la escondida senda por do han ido los pocos sabios
que en el mundo han sido").
¿Por qué Carlos V es un símbolo
europeo y no Felipe II? Si María Tudor,
su esposa, hubiese vivido muchos años y
hubiesen tenido descendencia, tal vez las cosas
fuesen distintas. Pero el azar -el dado- es uno
de los jugadores del tablero político.
Murió a los pocos años del matrimonio
con Felipe I de Inglaterra -título que
tuvo Felipe II como Rey consorte- y no nació
un heredero al trono (otra vez el dado haciendo
de las suyas). Podría haber cosechado un
triunfo con la Armada Invencible, pero ni venció
ni convenció.
El paso del Estrecho se fue estrechando para la
Armada Española, con lo que se creó
una situación cada vez más complicada
para mantener a los Países Bajos. Tampoco
su emisario, el duque de Alba, logró conquistar
los corazones de los flamencos.
Sin embargo, tal vez Felipe
II intentó por todos los medios a su alcance
proseguir las huellas de su padre, y sus intenciones
fueron "honestas" (jerga de la coca-colonización
al uso). El dado le jugó malas pasadas
(él llamó "los elementos"
en una frase quizás apócrifa). Es
el momento en que Alemania rompe con Roma, pero
también Inglaterra y los países
"protestantes". Roma (y Atenas viaja
junto a ella) siempre está ahí como
una gran clave cultural y política de la
Unión y división de Europa (sin
olvidar el Tratado de Roma). Los pueblos germanos
desmantelaron el Imperio Romano, pero fue al fin
un teutón, Carlomagno, el que creó
el Sacro Imperio Romano-Germánico, y fue
Carlos V "el último sucesor de Carlomagno",
como dijo Madariaga.
Le toca -lotería política-
vivir a Felipe II en una era en la que se diseñan
trajes nacionalcristianos a la medida de cada
nueva "nación" (nuevos "nacimientos").
Carlos V, cuando pasa unos días en la corte
inglesa, se siente en casa con sus queridísimos
tíos Catalina y Enrique, y le miman como
a un niño huérfano de padre y casi
de madre (su querida madre había perdido
la cabeza por amor a su marido, Felipe el Hermoso).
No fue en cambio Felipe II
el cruel y fanático personaje siniestro
que quemaba herejes frente a su padre, un liberal
y hombre abierto que tenía como consejero
a Erasmo, aunque aparece pintado o desfigurado
con estas tintas negras en la célebre Leyenda
Negra. Glyn Redworth, historiador inglés
becario de una beca Jacques Delors de la Academia
Europea de Yuste, me afirma que podrá probar
y documentar cómo gracias a los teólogos
y consejeros de Felipe II, cuando reside como
rey consorte en el Palacio de Windsor, logra salvar
de la quema a "herejes" ingleses en
contra de la opinión de teólogos
ingleses. Es verdad que Carlos V consultó
a fray Bartolomé de las Casas si la guerra
contra los indios era legítima y cristiana.
Ahí queda, como resultado de esa consulta,
un tratado pionero sobre el valor de las culturas
primitivas que aún no ha sido descubierto
por los antropólogos en todas sus dimensiones.
De ahí parte el célebre mito del
"buen salvaje" que heredará Rousseau
a través de Montaigne. En cambio, Felipe
II mandó quemar toda la obra colosal, pionera
y revolucionaria de fray Bernardino de Sahagún
por esta razón: "Porque así
conviene a Dios Nuestro Señor y a Nos".
Hoy se conserva en Florencia este gran tesoro
(Historia General de las Cosas de Nueva España:
primer verdadero tratado de Antropología
Social realizado con un trabajo de campo pionero
y riguroso escrito en náhuatl y en castellano).
Tampoco acertó Felipe
II con el Greco. No quiso exhibir el cuadro que
el Greco pintó para El Escorial, condenando
a este pintor al ostracismo del prestigio y del
dinero en su tiempo y condenándose a sí
mismo frente a la posteridad. Carlos V acertó
apoyando a Tiziano y recogiendo un pincel que
se le cayó: "Aquí el Emperador
no soy Yo". Carlos V nos legó el lema
de España: tachó el non del non
plus ultra y colocó un "Más
Allá" en las columnas de Hércules
que todavía presiden el escudo de España.
No podría ser un lema más quijotil
de caballeros andantes, incluidos Cristóbal
Colón, Hernán Cortés, Pizarro,
Iñigo de Loyola, Juan Sebastián
Elcano... y los españoles que bautizaron
a una isla como Cuba (no podría Castro
hoy dirigirse a su pueblo como "cubanos").
Como sabe Ortega y Gasset,
"el hombre es el hombre y su circunstancia".
La circunstancia hizo a Carlos V "un hombre
para Europa" (Manuel F. Álvarez),
"un Emperador para Europa" (Otto Von
Habsburg), "el último heredero de
Carlomagno y el primer federalista europeo"
(Madariaga). Felipe II puso todo su empeño
en El Escorial en defender los ideales cristianos,
como "Dios le dio a entender" (frase
sarcástica del pueblo de Sancho) y peleó
con arrojo y buena voluntad en mantener el patrimonio
que le legó su padre. Debemos deshacernos
de "la estampa de un soberano tolerante frente
a otro implacable y fanático". Lo
dice el gran historiador y escritor Manuel Fernández
Álvarez, quien afirma también que
"murió en Yuste Carlos V, pero no
su ideal de una Europa Unida". En esas estamos.
José Antonio Jáuregui
Escritor y Pensador original
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