EL INCREIBLE
VALOR DEL CLIENTE
"Tenemos la intención y las herramientas
para conseguir la fidelidad de los clientes valiosos,
pero existe una desorientación sobre cómo
y sobre quien actuar"
"La tipología
de los clientes del siglo XXI exige algo más,
considerando al cliente como un ser social, esto
es que se relaciona e influye en otros de su entorno"
Todas las empresas que conozco
y muy especialmente desde hace pocos años,
quizás coincidiendo con el nuevo siglo,
afirman rotundamente que están orientadas
al cliente, y creo que además lo dicen
con convicción, el problema está
en cómo concretar ese deseo estratégico
en auténtica realidad rentable.
Existe una cierta confusión
entre las personas de la empresa que reciben mensajes
contradictorios. Por un lado, les dicen que hay
que tratar a todos los clientes igual. Por otro,
les están diciendo que hay que segmentar
la base de clientes para identificar a los más
importantes y centrarse en ellos.
Incluso algunas empresas instalan
aplicaciones informáticas muy potentes
y sofisticadas pensando que son la solución
para eliminar esta confusión y así
orientar a sus empleados; pero estas expectativas,
según nos demuestran muchos estudios empíricos,
no se alcanzan, creando mayor nivel de frustración
en todos y comenzando la búsqueda de responsables
y qué más fácil que culpar
a la herramienta, que no puede protestar.
El problema no radica en la
disfunción de la herramienta, pues la mayoría
de ellas funcionan muy correctamente y pueden
ser una ayuda magnífica para todas las
empresas que de verdad quieran fidelizar a sus
clientes valiosos; la solución debemos
encontrarla actuando en el origen, esto es, la
desorientación del empleado. No podemos
resolverlo actuando sobre los efectos ya que esto
nos lleva a una dinámica reactiva continua,
donde muy lejos de generar valor, razón
de ser de la empresa, sólo nos produce
un consumo excesivo de recursos y la correspondiente
frustración de clientes, empleados, directivos
y accionistas.
La situación por tanto
se puede resumir en que tenemos la intención
y las herramientas para conseguir la fidelidad
de los clientes valiosos, pero existe una desorientación
sobre cómo y sobre quien actuar.
Lo primero que tenemos que
hacer es ser precisos en la comunicación
hacia los empleados, auténticos pilares
de la fidelización de los clientes; hay
que eliminar las posibles contradicciones. Así,
cuando se dice que hay que tratar a todos los
clientes igual, creo que habría que perfeccionar
el mensaje para crear una auténtica cultura
sobre la que edificar el proceso de fidelización
de los clientes, siendo el mensaje que hay que
tratar de forma correcta, profesional y cálida
a todos los clientes, pero que hay que reservar
los recursos suficientes como para dar un trato
preferencial a los clientes más valiosos.
Una vez conculcada esta base
cultural en la empresa lo que hay que hacer a
continuación es orientar a los empleados
sobre quienes son esos clientes valiosos, como
identificarlos, cómo saber quienes son.
Por ello debe distinguirse
entre valor del cliente y rentabilidad del cliente.
La mayoría de las empresas que segmentan
a sus clientes lo hacen por criterios de rentabilidad
individual, de tal forma que cuando se plantean
los programas de fidelización, los esfuerzos
se centran en los clientes que hacen más
transacciones y de más volumen, en principio
no parece que sea incorrecto, pero si pensamos
en los objetivos reales de la fidelización,
llegaremos a la conclusión de que puede
ser un error, o más bien que hay que matizar
el criterio de segmentación.
El cliente no puede ser considerado
de forma individual, todo cliente se relaciona
con otros que son como él y por lo tanto
que pueden ser potenciales clientes de nuestra
empresa, y en esa relación, comenta las
bondades y las frustraciones de sus relaciones
profesionales, personales y comerciales, con lo
que puede influir en las decisiones de los que
se relacionan con él, algo que las empresas
tienen que considerar y aprender a valorar, para
tomar decisiones cada vez más precisas.
Muchas empresas actúan
todavía en base a criterios anticuados
en los que se considera sólo el nivel de
ingresos que produce el cliente y preparan programas
que denominan "de fidelización",
premiando a los que más ingresos producen
sin tener en cuenta los costes en los que incurre
la empresa para conseguirlos y consecuentemente
se da, más veces de lo que muchos piensan,
la paradoja de que se premia a alguien que produce
pérdidas.
Cuando las empresas piensan
con mentalidad profesional del siglo XX, comienzan
por evaluar la inversión que han tenido
que realizar para conseguir un cliente, en definitiva,
cuánto es el coste de adquisición
de un cliente y luego preparan una cuenta de resultados
individual de ese cliente, teniendo en cuenta
los ingresos que genera y los costes en los que
hay que incurrir para conseguirle y satisfacer
sus necesidades y a partir de aquí preparan
sus programas de Fidelización, premiando
a los que más beneficios individuales les
producen.
No cabe duda de que es una
mejora, pero el mercado y la tipología
de los clientes del siglo XXI exige algo más,
que no es otra cosa que considerar al cliente
en toda su magnitud, con miras amplias, considerando
al cliente como un ser social, esto es que se
relaciona e influye en otros de su entorno.
Aquí es donde los criterios
amplios de valor del cliente cobran su auténtica
importancia, cuando estamos valorando a un cliente
no sólo tenemos que contemplarle a él
como ser individual, si bien tenemos que tratarle
como si fuera el único cliente, tenemos
que evaluarle por la suma de los beneficios directos
que nos genera más los beneficios indirectos
que también nos genera, fruto de su capacidad
de influir en su entorno. Tenemos que evaluarle
como suma de su rentabilidad y de su prescripción
efectiva y todo ello multiplicado por el número
de años durante los que estimamos va actuar
como cliente activo.
Un ejercicio sobre valoración
aplicando estos criterios amplios realizado en
la empresa con los empleados, en mi experiencia,
produce unos efectos tales que, siendo los empleados
conscientes de las cifras que se pueden barajar
con cada cliente y en cada transacción,
se involucran en conseguir la satisfacción
del cliente con lo que los programas de fidelización
se concretan en una actuación continua
y en una cultura de servicio permanente, obteniendo
los clientes como premio, no puntos ni regalos,
sino la plena resolución de sus problemas
y las cobertura de sus necesidades y expectativas
y los empleados la orientación que necesitaban
para saber cómo tienen que atender a cada
cliente.
Félix Cuesta Fernández
Ph D
Presidente del Centro Virtual de Asesoramiento
Empresarial
Profesor del Instituto de Empresa y de la Universidad
de Alcalá
Ponente de Thinking Heads
felix.cuesta@thinkingheads.com
Si está interesado
en profundizar sobre este tema puede encontrar
los detalles en el libro del autor de este artículo,
titulado "Fidelización...un paso más
allá de la retención" de la
editorial McGraw-Hill (2003)
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