Una nueva crisis para 2003
La preocupante crisis de 1994 entre los EEUU y Occidente de una parte y el peligroso régimen de Corea del Norte de otra, se está reeditando con tintes más dramáticos si cabe. Entonces, el descubrimiento por medio de satélites espía, de varias plantas para la producción de armas nucleares, llevó a los EEUU y al tiránico régimen de Pyongyang, al borde de la guerra, por cierto bajo administración demócrata. Las obligaciones con la paz y la estabilidad no deben tener color político en una democracia responsable. La planta más activa de las descubiertas fue la de Yongbyon, donde se supo que los norcoreanos habían producido suficiente plutonio de armamento como para dos cabezas nucleares estratégicas. Hoy es ésa misma planta una de las protagonistas principales de esta nueva crisis. La de entonces se resolvió gracias a un acuerdo por el que los EEUU se comprometían a ayudar en la construcción de una planta de agua ligera -que no puede producir plutonio para armas atómicas- para generar la electricidad que necesitaban especialmente durante sus durísimos inviernos. Mientras se completaban las plantas, los EEUU se comprometieron a suministrar a Corea del Norte 500.000 toneladas anuales de fuel pesado. Los envíos se interrumpieron como consecuencia del descubrimiento de programas nucleares secretos norcoreanos que ponían en serio riesgo la estabilidad de la región.
Corea del Norte es una de las dictaduras más tiránicas del mundo, y su líder Kim Jong Il, aun más extravagante, estrafalario y peligroso que su difunto padre. Bajo su puño de hierro y su gobierno surrealista -en acertada expresión de David Jiménez- existen, no puede decirse que vivan, los norcoreanos, en su mayoría desnutridos, con nula o pobre calefacción en sus casas, sometidos a un régimen policial implacable, bombardeados por un culto a la personalidad enfermizo y con un futuro realmente sombrío. Corea del Norte es un serio riesgo para la paz y la estabilidad de su región y del mundo. Muchos países, especialmente Japón, vienen denunciándolo desde hace años, pero muy especialmente desde que las renovadas muestras de agresividad por parte de su impredecible vecino, se vaticinaban una seria tormenta en el horizonte.
El despótico dictador norcoreano ha medido maquiavélicamente el tablero de crisis. Ha planificado con detalle y sin escrúpulos lo que puede calificarse sin duda de chantaje internacional, como además ha quedado claro en la rueda de prensa ofrecida por el embajador norcoreano en Pekín:
Primero se ha buscado una excusa para encender esta peligrosa hoguera, la suspensión -de la que su régimen es el único responsable- del acuerdo de 1994.
Ha esperado a que la posible intervención militar en Irak esté más cerca, puesto que el calendario aproximado es casi un secreto a voces, ya que piensa que los EEUU no pueden tener dos importantes frentes abiertos al mismo tiempo.
Ha hecho coincidir sus jugadas más arriesgadas con la elección del nuevo presidente de Corea del Norte, Roh Moo Hyun, que ha sido elegido sobre la base de una plataforma pro-diálogo con el norte, y de abogar por una relación más «equilibrada» con los EEUU. Roh, de pasado moderadamente anti-estadounidense, ha tranquilizado a la opinión pública occidental durante su campaña, en la que se mostraba partidario de sólidos lazos con la primera potencia mundial, cosa que confirmó en su primera rueda de prensa como presidente electo.
Igualmente, se ha aprovechado de la falta de experiencia internacional del presidente electo, que no ha viajado al extranjero nunca, y que sin embargo está reaccionando con extraordinario temple a la crisis. A Roh Moo Hyun, no le faltan credenciales democráticas puesto que en los años de la dictadura tuvo un destacado papel denunciando la tortura y el autoritarismo, lo que, sin duda, le dará toda clase de argumentos en su presidencia y especialmente ante problemas como éste. Hay quien dice que próximamente nombrará primer ministro a Chung Mong Joon, que fue su rival electoral por el centro izquierda.
La peligrosa estratagema de Kim Jong Il -difícilmente podría ser calificada sensatamente de estrategia- coincidiendo con la efervescencia que se vive en su vecino del sur tras la muerte accidental de dos niñas coreanas arrolladas por un blindado estadounidense. En Corea del Sur están estacionados unos 37.000 soldados estadounidenses, que vigilan al norte y protegen a su aliado de cualquier agresión de su agresivo e impredecible vecino. La presencia de estas tropas es fuente de profundo debate en la sociedad coreana y genera mucha irritación en una parte de su población. El dictador norcoreano ha aprovechado ese estado de ánimo colectivo para lanzar, con mayores garantías, su irresponsable órdago.
Es evidente que Pyongyang utiliza el hecho de que nadie desee, ni por asomo, una nueva guerra en la península coreana, de consecuencias imprevisibles y con gravísimas repercusiones regionales. No olvidemos que los nutridos arsenales norcoreanos contienen armas de destrucción masiva tanto químicas como bactereológicas, y como se ha podido comprobar recientemente, también nucleares, que están apuntando a su vecino del sur y a Japón, que se sepa. Los expertos que he consultado aseguran que sin la vigilancia de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, la planta de Yongbyon, donde el gobierno norcoreano ha procedido a desmantelar los monitores y dispositivos de control de dicha agencia, y a impedir la entrada a sus inspectores, podrán producir un número importante de cabezas en un plazo relativamente corto.
Por último, no conviene perder de vista que Corea del Norte es uno de los suministradores habituales de armas a los Estados Criminales -como debe traducirse la expresión de Rogue States, y no como Estados Gamberros- y se sospecha que sus armas podrían llegar a manos de organizaciones terroristas, si es que no han llegado ya. Lógicamente piensa que las democracias del mundo preferirán tener controlada su producción de armas convencionales y de destrucción masiva, a cambio de «casi cualquier cosa».
Los objetivos del régimen de Kim Jong Il parecen claros, primero garantizar la supervivencia de un régimen que se muestra incapaz de alimentar y calentar a su población. Segundo, procurarse de forma inmediata ayudas alimentarias y energéticas así como la reanudación, si es posible incrementada, de los suministros estadounidenses de fuel. Lograr algún tipo de acuerdo de tipo político con los principales actores mundiales, como el pacto de no agresión con los EEUU que propuso el embajador norcoreano en Beijing, que le procure tiempo y margen de maniobra a cambio de paz, estabilidad y certidumbre geoestratégica, en un momento especialmente delicado para el mundo.
Se dice ya que en la solución de la crisis, además de los Estados Unidos, intervendrán, Rusia, Japón, que es uno de los países que con mayor preocupación viene siguiendo la crisis y que fue el que más madrugó a la hora de advertir de la gravedad de la situación, y China que es, sin duda, el único país que mantiene alguna influencia en Pyongyang. Sería igualmente necesario que Rusia y cualquier otra potencia regional con capacidad de influir positivamente en la política regional intervenga. El pasado tres de enero se acaba de anunciar una conferencia convocada por los EEUU, a la que se ha invitado a Corea del Sur y a Japón, esperemos que próximamente se invite a Rusia y China por la gran influencia que tienen en la región.
Por otra parte, el plan del presidente electo surcoreano de pedir concesiones de una y otra parte, perece un desafortunado ejercicio de equidistancia, cuando en absoluto se puede comparar a una democracia, por poderosa que sea, con una terrible dictadura como lo es Corea del Norte. La crisis la ha provocado Pyongyang y es ese régimen el que tiene que cejar en sus inconscientes e irresponsables planes nucleares con los que ha iniciado una peligrosa carrera armamentista, de imprevisibles consecuencias para la región y para el resto del mundo.
Estamos ante un chantaje en toda regla, puesto que Corea del Norte trata de obtener beneficios políticos, económicos y geoestratégicos, por medio de la amenaza y del matonismo político. Según analistas coreanos citados por la prensa anglosajona internacional, «la sangre no llegará al río», sin embargo parece que sólo será así si el norte obtiene lo que quiere, y ésa no parece que sea la forma más inteligente de cerrar el agujero abierto por Kim Jong Il. Si se paga el precio que pide, ¿qué garantías tiene la comunidad internacional de que no vuelva a recurrir a estos métodos inaceptables para cualquier otro propósito?
Es evidente que la salida debe ser pacífica, pero sin claudicar ante la coacción. La firmeza es la que conseguirá desbloquear el impasse, un paso en falso, una decisión mal medida y nos encontraremos en una guerra de incalculables consecuencias. Todo parece indicar que las potencias regionales más implicadas, especialmente Japón y Corea del Sur, y seguro que será el caso de China en cuanto se implique en el contencioso, y desde luego de Estados Unidos, están manteniendo una actitud prudente y mesurada dentro de la firmeza, ya que ése es el único camino para resolver una situación como ésta. En definitiva, éste es el problema del que se acerca a un polvorín con una vela encendida, puesto que corre el riesgo de tropezar y causar una catástrofe, aunque no fuera ésa su verdadera intención. Por desgracia está por demostrar que en este caso ésos no sean los verdaderos deseos de Kim Jong Il, que ha demostrado, en demasiadas ocasiones, sobradas dotes de aprendiz de brujo.
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