El sector español ha evolucionado de sobremanera en los últimos años. Testigo directo de ello ha sido Daniel Romero-Abreu. Uno de los secretos del negocio es que no sólo vale con tener una cartera de ponentes famosos, sino que hay que ser capaz de asesorar a los contratantes acerca de qué conferenciante es el más idóneo para su evento.
Este gaditano de 29 años fundó con apenas 23 la que hoy es primera agencia de conferenciantes del país, Thinking Heads. Su socio, Antonio Sansigre, y él empezaron solos en el negocio con un capital de 30.000 euros. Seis años después, tienen una cartera de decenas de clientes desde Ana Palacio hasta Emilio Butragueño, poseen una sede en Barcelona y facturan más de tres millones de euros al año.Las ganancias de cualquier agencia de conferencianes, según Romero-Abreu, salen de las comisiones que tienen pactadas con sus clientes, “en torno al 25-30%.” Ganancias que ahora, en época de crisis, vienen fundamentalmente de la mano del aumento de la demanda de economistas para hablar en convenciones. “Esto va por modas. Antes no eran precisamente de los más demandados. Ahora Carlos Rodríguez Brown, Miguel Boyer o Manuel Conthe son de los que más tirón tienen.
Aunque se resiste a desvelar el caché de sus clientes, Romero-Abreu escribe en un papel la fórmula para calcular cómo se cotiza un conferenciante: (a+b)n. En la ecuación “a sería la experiencia y el conocimiento del conferenciante en un tema específico, b su capacidad comunicativa y n, el factor que multiplica exponencialmente su valor: ganarse el derecho a que la gente llegue a pagar por oírte. Yo puedo conocer y comunicar bien un tema, pero nadie daría dinero por escucharme”, expone.
Un buen ejemplo de lo que no hay que hacer es el del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, que invitó al premio Nobel de Economía Paul Krugman a una conferencia en la que el invitado reconoció que la situación de la economía española literalmente, “le aterraba.” La intervención dejó en evidencia al Gobierno, que además tuvo que pagar la factura de 100.000 euros que costó la intervención de Krugman. “Hay gente que te llama y no se deja aconsejar. Quieren contratar a una persona en concreto porque por una cuestión de gustos o fama se le ha metido en la cabeza a un directivo. Esto muchas veces sale mal. Lo ideal es que las empresas nos cuenten qué objetivos persiguen con el evento y nosotros les proponemos a los más idóneos”, comenta Daniel. Y es que nadie se imagina al Partido Popular pagando a un simpatizante abertzale para abrir un congreso.
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