El pasado mes de abril la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicaba sus directrices sobre la actividad física, el comportamiento sedentario y el sueño en niños menores de 5 años. Estas directrices surgen de una preocupación por la inactividad física como uno de los principales riesgos de mortalidad mundial, así como un factor que contribuye al sobrepeso y la obesidad.

En ellas, la OMS advierte de la importancia de reemplazar el tiempo dedicado a las pantallas (screen time) por  actividades interactivas que no implican el uso de estos dispositivos, ya sea la lectura, la narración de cuentos o la resolución de puzzles. Para niños de 3 a 4 años, el tiempo dedicado a las pantallas -al que califican de sedentario- no debe exceder la hora diaria, un tiempo que desaconsejan por completo en menores de 3 años.

Esta preocupación por el uso de pantallas en menores, que ha ido en aumento en los últimos años, tiene su ejemplo más revelador precisamente en la meca de la tecnología, Silicon Valley, que vive una creciente tendencia hacia una «desdigitalización» de los hogares familiares.

Allí, gurús de la tecnología como Bill Gates parecen mostrar una mayor concienciación con esta esta temática, restringiendo el uso de pantallas en sus hogares -los niños Gates no tuvieron teléfonos móviles hasta los 14 años-. El cofundador de Google, Sergey Brin; Mark Zuckerberg; Tim Cook o incluso Steve Jobs son algunos de los rostros más reconocibles de Silicon Valley que han abogado públicamente por limitar el uso de la tecnología en la infancia. Algunos han ido más allá, escogiendo para sus hijos las denominadas escuelas low-tech, donde se limita al máximo el uso de la tecnología en favor de otras actividades de mayor interacción física. Es el caso de las escuelas Waldorf (llamadas así en honor de esta metodología pedagógica), donde no hay tablets, ordenadores o smartphones.

La palabra clave de esta tendencia es “creatividad”. Son muchos los CEO y personalidades que en la Bahía de San Francisco se muestran inquietos ante la posibilidad de que el uso y abuso de la tecnología pueda limitar las capacidades creativas. En esta línea, la pedagogía low-tech se esfuerza por desarrollar las habilidades intelectuales y artísticas, y aunque no rechaza de pleno el uso de la tecnología, sí muestra desconfianza en lo que respecta a edades tempranas del desarrollo. Según este enfoque, la edad idónea a la que introducir la tecnología sería aproximadamente los 14 años, y avisan de que hacerlo antes puede “reprimir la curiosidad natural e instintiva de los niños”.

El ejecutivo tecnológico Pierre Laurent (BBC, 2019), asegura que existen ciertas capacidades que no se desarrollan frente a una pantalla, capacidades que requieren del uso de todos los sentidos. Asimismo, un estudio de la Universidad de Calgary vinculó el tiempo que los niños dedicaban al uso pantallas a su rendimiento académico posterior. Conclusiones similares aportó el estudio Adolescent Brain Cognitive Development (ABCD) realizado por The National Institutes of Health (NIH), que vinculaba el uso de medios digitales a una peor calidad y duración del sueño, la atención, la concentración, el humor y el bienestar mental.

¿Tecnología neutral?

A pesar de lo anterior, merece la pena señalar puntos de vista divergentes en lo que a la introducción de la tecnología se refiere. Existen estudios que avalan el aprendizaje adaptativo, método educativo que mediante el uso de dispositivos permite dar respuesta a las necesidades específicas de los alumnos, adaptando su contenido, formato y organización. Además, algunos expertos se refieren a la calidad (y no a la cantidad) del tiempo empleado en el uso de dispositivos digitales como la clave de este asunto.

Llegados a este punto, cabe cuestionarse que si el mantra “la tecnología no es buena ni mala, sino neutral” tendría validez en un escenario en el que ésta puede afectar negativamente al desarrollo cognitivo. ¿Se pueden llevar a cabo actividades que estimulen este desarrollo sin fomentar el sedentarismo a través de las herramientas digitales, o las evidencias no dejan lugar a dudas?

La clave parece estar en la actividad física. Según el informe de la OMS, el sedentarismo debe ser reemplazado con actividades de intensidad física moderada o alta, algo que difícilmente puede digitalizarse.

Nos encontramos ante una situación de autoregulación del uso de la tecnología que debe hacerse desde el propio seno familiar. Abusar del tiempo frente a la pantalla puede ser perjudicial a edades tempranas, según avalan estas evidencias empíricas; esto no implica, sin embargo, que su uso deba eliminarse por completo, sino más bien limitarse. Empleada en una medida adecuada puede aportar beneficios complementarios a los que encontramos en los métodos más tradicionales.

Para saber si estamos ante una tendencia localizada o no, la ciencia deberá aportar evidencias más contundentes, las cuales podrán o no conducir hacia una concienciación más generalizada sobre las etapas tempranas del crecimiento y cómo los distintos estímulos pueden tener sus consecuencias en este desarrollo.