La expresión inglesa de “game changer” define aquellos acontecimientos que inciden de tal manera en los eventos políticos que representan cambios profundos en las relaciones de poder y en las perspectivas estratégicas del mundo o de una región. En el ámbito de Latinoamérica se han producido recientemente tres de ellos: el fin de los mitos socialistas en la región tras la muerte de Fidel Castro (y Chávez, en menor medida); la llegada de Trump a la presidencia; y el resurgimiento de una política aislacionista en la región; y el espacio que ocupará China como nueva potencia emergente. ¿Qué implican estos tres “game changers” y qué nuevas estrategias y oportunidades abren en la región?

El primer gran cambio, como comentábamos, hace referencia a la muerte de Fidel Castro, que ha señalado el fin del periodo de sesenta años que lo tuvo como referente ineludible en la ecuación de poder del subcontinente. Si a ello  agregamos el deceso del Comandante Hugo Chávez y la crisis que vive hoy Venezuela, debemos concluir que la experiencia del socialismo que ambos líderes preconizaban ha llegado a su fin. La fuerza del castrismo se hizo notar desde el inicio, especialmente con la exportación de su modelo de intervención directa en los asuntos de todos los países al sur del Río Grande. Esta estrategia fomentó durante una etapa las acciones subversivas armadas que no dejaron ninguna realidad política fuera. Con el apoyo de sus aliados en los partidos de extrema izquierda y con la colaboración del “establishment” intelectual de cada nación, se llevaron a cabo distintas operaciones militares, con diverso nivel de éxito. En la mayoría de los casos dichas acciones fueron  causa suficiente para que se instalaran gobiernos militares y dictaduras de distinto modelo que representaron un retroceso democrático que duró más de dos décadas. Posteriormente, se inició una segunda etapa que supuso un cambio de estrategia marcada por la organización del llamado Foro de San Pablo, que modificó la táctica original, centrándose en la lucha electoral. El éxito de la misma fue más notorio en Brasil, con la elección de Ignacio “Lula” Da Silva como presidente y del comandante Hugo Chávez en Venezuela. 

El segundo vector de cambio profundo se debe a la llegada al poder en los EE.UU. del presidente Donald Trump, quien ensaya un repliegue de su país en el ámbito de la política internacional, sobre todo respecto de sus vecinos del sur. El aislacionismo internacional no es una novedad en los EE.UU., recuérdese la política del presidente Wilson al final de la Primera Guerra Mundial y la subsistencia de esa tendencia durante los gobiernos de Franklin D. Roosevelt, al que solo comprometió en la Segunda Guerra el ataque de Pearl Harbour. El actual Presidente cree posible que su país pueda alejarse de determinados escenarios, “Poniendo a América Primero”, como defiende su lema.

Estos dos cambios profundos facilitan y potencian el tercer “game changer”, el avance sostenido, profundo y el cambio cualitativo de la China en lo que se refiere a sus relaciones con los países de Latinoamérica. Esta nueva relación, mucho más profunda, trasciende el tradicional mercado de  referencia de exportaciones agrícolas para ampliarse, de un modo mucho más relevante, con inversiones en empresas de distinto tipo y en infraestructuras. Desarrollando la política iniciada por Deng Xiao Pin, el actual presidente Xi preconiza la apertura comercial y se propone ser un factor de desarrollo en toda América Latina (y África).

¿Qué nuevas estrategias y oportunidades se abren en el continente? América Latina, como hemos visto, puede comenzar a emanciparse de una lucha ideológica profunda que ha marcado varias décadas en la vida política del continente. Junto a este hecho de carácter específicamente regional, el cambio en el contexto geopolítico, el papel de EE.UU. y China en el mundo –menguante en el primero, creciente en el segundo– nos remite a un mundo crecientemente multipolar que supone una gran oportunidad para los países de América Latina.

Si analizamos el avance de China y las innumerables actividades, inversiones y sectores afectados en todas las regiones del mundo, la visión que aporta es impresionante: desde la obra pública, la educación, la asistencia técnica o la compra de tierras. Con innumerables emigrantes que, desde la pequeña tienda y la intermediación a los grandes empresarios, señalan el camino de su influencia. Frente a otras grandes potencias históricas, China desarrollará su propio modelo de relaciones: el contexto y las capacidades actuales son distintas. Pero, si a algo puede parecerse, es al antiguo Imperio Británico, que estuvo, finalmente, más interesado en lugares estratégicos para el control del comercio como Gibraltar, Adén, Singapur, o Malvinas. Se trata de un modo más sutil de supremacía, más adecuado a los tiempos actuales. Y China ocupará el espacio que deje Estados Unidos. De hecho, en múltiples ámbitos y en distintas regiones, ya está ocurriendo.

Mientras las antiguas potencias están preocupadas en replegarse o centradas en problemas internos o que se desarrollan en diversas regiones del Hemisferio Norte, dejan de lado a América Latina. Un gran cambio de juego se está desarrollando. En estos momentos de cambio e incertidumbre, surgen también nuevas oportunidades y posibilidades que las naciones de América Latina deben saber aprovechar.