La crisis económica, financiera, política y social ha puesto en entredicho muchas teorías, conceptos, políticas y, consecuentemente, profesiones. Entre ellas destaca la crítica profunda a la economía, los economistas y sus consejos. ¿Ha aprendido algo la economía?

Claves

  • La ciencia avanza a golpe de crisis. ¿Por qué no ha surgido una nueva gran idea tras la Gran Recesión como sí ocurrió con crisis anteriores?
  • El debate se centra entre las dos grandes escuelas, neokeynesianos y neoclásicos. Quizá no se ha producido ninguna nueva gran idea porque cada uno está contento con sus propias ideas preestablecidas.
  • Entonces, ¿hemos aprendido algo de la crisis económica?

La visión neokeynesiana

Según el premio Nobel de economía Paul Krugman no hemos aprendido nada de la crisis. económica Frente a lo que ocurrió en la década de 1930 –el surgimiento de las teorías keynesianas– la actual crisis no ha servido para que ciertas escuelas y la propia profesión haga un análisis en profundidad de su compresión de las dinámicas del mundo y de las recetas que los economistas proporcionan.

Entonces, “¿por qué la macroeconomía no se ha transformado por los (relativamente) recientes sucesos como ocurrió con los sucesos de la década de 1930 y de 1970?” se pregunta Krugman en un artículo en la Oxford Review of Economic Policy. En primer lugar, es necesario tener en cuenta que estas transformaciones profundas son raras, tanto en economía como en cualquier otra disciplina.

Según Krugman, las consecuencias han sido menores porque la Gran Recesión lo “único” que ha hecho es que cada economista la analice según sus modelos y conceptos prestablecidos. Así, cada una de las dos grandes escuelas –los neokeynesianos y los neoclásicos–  piensan que tiene razón y la otra está equivocada. Ahora bien, Krugman toma parte, al ser uno de los principales referentes del neokeynesianismo y proporciona su explicación: no se ha producido ninguna “gran nueva idea” simplemente porque el modelo IS–LM de demanda agregada ha funcionado relativamente bien. Proporcionó políticas adecuadas para los gobiernos como su predicción sobre cómo los déficits presupuestarios no subirían los tipos de interés; que el incremento de la base monetaria no sería inflacionaria; y el que multiplicador del gasto gubernamental sería superior a uno. La única gran excepción a este análisis acertado del modelo está relacionada con el comportamiento de los precios.

Por ello, Krugman piensa que la incapacidad para predecir la crisis, “no vino por una falta de compresión de los posibles mecanismos, o la falta de datos, sino más bien por la falta de atención a los datos adecuados.”

La visión neoclásica (o anti-neokeynesiana)

Robert Skidelsky, biógrafo de Keynes y político conservador, proporciona otra visión en Project Syndicate. Más allá de lo que expresa Krugman, sus teorías sí tenían un grave problema conceptual al pensar que las instituciones bancarias eran capaces de comprender y poner un precio al riesgo. Y esto ha sido un grave problema en la crisis.

Además, continua Skidelsky, si las políticas que proponían los neokeynesianos eran tan adecuadas y funcionaban relativamente bien, ¿por qué fueron abandonadas y sustituidas por políticas de austeridad tan pronto como en 2009? Skidelsky proporciona su propia respuesta: “cuando Keynes fue brevemente exhumado durante seis meses en 2008-2009, fue por motivos políticos, no intelectuales”. Al no proporcionar la base para gestionar la crisis, fueron abandonadas.

La gran crítica final de Skidelsky apunta a que las teorías neokeynesianas no son capaces de reconocer la “incertidumbre radical” en sus modelos y ven, por ejemplo, al sector financiero como “neutral” y no como “fundamental”. Mientras no lo tenga en cuenta, concluye, sus recomendaciones políticas pueden jugar un cierto papel, pero no lo suficiente ni durante suficiente tiempo como para ayudar a resolver los problemas. Por tanto, se recurrirá más a las políticas propuestas por los neoclásicos.

Aún así, en una cosa sí que parecen coincidir, con matices, ambos autores: “la macroeconomía aún debe encontrar una gran idea nueva”.

Entonces, ¿es todo culpa de los economistas?

El profesor de Oxford Simon Wren-Lewis se pregunta por qué los economistas reciben tantos palos. A pesar de los errores, la gran mayoría de economistas y muchas de sus propuestas han tenido sentido y han ayudado a gestionar ciertos aspectos de la crisis económica. Es un tanto pretencioso pensar que si los economistas hubiesen advertido ciertos problemas –como el bancario– las instituciones y actores –como los bancos– hubiesen cambiado de comportamiento. Entonces, ¿por qué el foco en los economistas? Wren-Lewis proporciona tres motivos:

  1. El primer motivo es simple. Si la economía va mal, la crítica obvia se dirige a los economistas, especialmente cuando realizan pronósticos que nunca tienen en cuenta que las cosas pueden ir mal. Es necesario señalar que la mayoría de los macroeconomistas no realiza pronósticos –debido a la gran incertidumbre– y que la gran mayoría de economistas no hacen macroeconomía. La profesión es más amplia y compleja de lo que muchos de sus críticos son capaces de reconocer.
  2. La segunda razón tiene que ver con la política. Desde hace décadas, los economistas se han dedicado, también, a criticar propuestas y programas políticos mostrando los problemas de muchas de sus propuestas y granjeándose, así, la animadversión de muchos de ellos.
  3. Esto va unido a la tercera razón. Los políticos y sus ideologías utilizan la economía de manera parcial para dotar de argumentaciones económicas sus propias ideas o prejuicios. La economía, sus propuestas y teorías aparecen entonces mucho menos matizadas, al servicio de una causa política concreta.

Y aquí viene el mayor lamento de Wren-Lewis: muchos tienen una representación de la economía que se aleja, y mucho, de lo que la profesión aporta. Se considera que es más “neoliberal” o “anti-Estado” cuando muchas de las mayores y más profundas críticas contra el neoliberalismo o en defensa de la intervención estatal provienen precisamente de economistas, muchos de ellos de gran relevancia y reconocimiento, incluidos premios Nobel. Entonces, el problema no es que la economía no se pueda criticar sino que “la crítica típica que se ve en los periódicos simplemente no es buena y temo que refleja ya sea la ignorancia o la antipatía ideológica”.

En conclusión: más allá de la economía y la crisis económica

El debate en el ámbito económico es interesante y conviene aplicarlo a otras áreas. A pesar de la crisis económica y de los cambios profundos que se están viviendo –no sólo a nivel económico sino también político o social– las nuevas ideas brillan por su ausencia, al menos por el momento, puesto que muchos se sienten cómodos con sus teorías y modelos y la calidad del debate y la compresión del mismo es baja. Si lo podemos extrapolar a otros ámbitos como el político o social, tenemos un problema. ¿Quizá en la siguiente crisis surgirá alguna idea nueva?