Claves:

  • El cambio climático y la persistente inestabilidad en Oriente Próximo y otras zonas productoras de petróleo han hecho que la industria del automóvil priorice el coche eléctrico.
  • La escalada del precio del petróleo de estas semanas también influye en los márgenes y planes de una industria tradicionalmente sujeta a los vaivenes del mercado respecto a esta materia prima clave para entender todas las revoluciones industriales hasta la fecha.
  • La industria del automóvil es muy sensible a los incentivos que recibe de la esfera política, y es aquí donde la llegada de Donald Trump puede retrasar los planes de reconversión. ¿Tiene aún futuro el petróleo como combustible de la industria del automóvil?

 

Durante el mandato de Barack Obama (2008-2016), el alto precio del petróleo hizo viable la técnica conocida como el fracking o fracturación hidráulica, una técnica que facilita la extracción de gas y petróleo del subsuelo. También se potenció la investigación y la innovación en la industria del automóvil en los motores eléctricos que reducirían la dependencia del oro negro. Además, las nuevas alarmas sociales que han generado los descubrimientos científicos sobre el cambio climático también han incentivado el cambio hacia nuevas fuentes de energía limpias. Son habituales las noticias en muchos países que hablan de restricciones al tráfico de coches diésel, además de subir impuestos a los coches que utilizan este carburante.

La nueva subida del petróleo por encima de los 80 dólares tras unos años alrededor de los 40, vuelve a traer la cuestión a debate: ¿es necesario impulsar la investigación y la venta de motores eléctricos? Pocos dudan de que no sea necesario, pero la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha trastocado una dinámica que parecía imparable. El presidente norteamericano llegó al cargo aupado por los trabajadores industriales de sectores como el del automóvil y el petróleo, que acusan la dinámica de la globalizadora, las deslocalizaciones y la fluctuación del precio del oro negro y el gas en los mercados. Es por eso que Trump ha decidido sacar a su país del Acuerdo de París contra el cambio climático, entre otras decisiones controvertidas como la retirada del Acuerdo Transpacífico de Libre Comercio o la guerra comercial con China y Europa.

La persistente inestabilidad en Oriente Medio, con los conflictos de Siria, Irán y Palestina-Israel en situaciones delicadas, no augura una relajación en la dinámica alcista. La lucha de fondo entre la suní Arabia Saudí y el chií Irán no remitirá en los próximos años. Tampoco la mala salud de Rusia, otro de los principales productores, en guerra política con la UE y Estados Unidos. La baja producción de Venezuela y México tampoco parece que vayan a remitir a corto plazo. Los países del cártel petrolero de la OPEP y Rusia pactaron una reducción de la oferta en busca de una subida de los precios, algo que estamos viendo ahora con un petróleo alrededor de los 80 dólares después de haber bajado hasta los 40 dólares en 2014.

Este contexto alcista, además del cambio climático, vuelve a traer la cuestión a debate: ¿es hora de volver al fracking, de utilizar las reservas o de afrontar una transición energética en la industria que más petróleo consume? La del automóvil no es una industria más en Estados Unidos. Es políticamente sensible, y de hecho es uno de los sectores que están en el trasfondo de las disputas comerciales con China y la UE. Lo cierto es que hay división de opiniones y argumentos respecto a esta pregunta. Lo que para muchos es deseable en términos medioambientales puede ser lesivo en términos de competitividad económica o empleo. Y viceversa.

Hacia el consenso eléctrico

La duda estriba en si Trump será un paréntesis en el consenso climático y económico, o si establece un patrón de comportamiento con su negacionismo. Las posturas no son aquí equiparables, porque las opiniones de expertos en las que se apoya el presidente norteamericano son minoritarias, sólo populares por el cargo de quien las defiende. La inmensa mayoría de expertos coinciden en la gravedad del cambio climático y en la urgencia de la transición energética, también en Estados Unidos. La esfera política de la primera potencia no hace justicia en su retórica a los movimientos de fondo de la comunidad científica y, también, de la propia industria. Las principales compañías han acelerado sus investigaciones y han anunciado estos meses los modelos eléctricos o híbridos que sacarán al mercado en los próximos años.

Queda pendiente a corto plazo hacer más competitivos este tipo de vehículos, facilitar los puntos de recarga, así como conocer los incentivos que para usar o dejar de utilizar unos coches u otros se establecen. De momento conocemos ya algunas dinámicas generalizadas en Occidente: prohibición de circulación a los motores diesel en determinadas zonas o en días de contaminación excesiva, deducciones fiscales a la compra de coches con motores más limpios o desgravaciones y descuentos para el uso de peajes y zonas de aparcamiento.

Según los análisis, cabe pensar que la corriente de fondo sobre la necesidad de un cambio de modelo de consumo y funcionamiento de la industria del automóvil se consolida. Pese a un ruido político y mediático que parecen más el canto del cisne de unas industrias como la del petróleo y el automóvil tan influyentes en el imaginario colectivo de la modernidad. Siendo así, cabe esperar que la apuesta por coches eléctricos siga imparable, pese al ruido, y que los países altamente dependientes del petróleo deban afrontar una reconversión económica ahora aparentemente ralentizada. Hay países como Arabia Saudí o el propio Estados Unidos que parecen tomárselo en serio. Otros, como Venezuela o Rusia siguen fiando la salud de sus economías a la recuperación del prestigio del oro negro. Los primeros tienen todas las de ganar, aunque a veces no lo parezca. 

¿Cuál será el futuro de coches y petroleras ante la revolución energética?