Claves

  • El Estado del bienestar ha sido clave en la estabilidad política, económica y social de Europa desde la posguerra. La crisis económica y demográfica puso el sistema de prestaciones sociales y pensiones en cuestión. ¿Es reformable? ¿Cómo?
  • Aun considerando que fuera sostenible y reformable, ¿es deseable en una sociedad global e hipertecnologizada? ¿Por qué? ¿Qué papel juega el aumento de la desigualdad en sociedades acostumbradas a más cohesión social?
  • ¿Es el Estado del bienestar una opción social dentro de distintas formas de organizar la sociedad de forma democrática o es, en cambio, parte indispensable de la misma?

 

La crisis económica que comenzó con las hipotecas subprime en Estados Unidos en 2007 se contagió pronto a la Unión Europea, una región más acostumbrada a cifras de desigualdad más atenuadas y con una red social de protección más generosa que al otro lado del Atlántico. Las políticas de estabilización –resumidas con el calificativo de “austeridad”– pusieron en cuestión determinados derechos adquiridos durante las últimas décadas que conformaban eso que se ha dado en llamar Estado del bienestar.

El recorte en el gasto y las prestaciones en sanidad, educación, dependencia o pensiones, así como el cuestionamiento de la negociación colectiva tras reformas laborales que modificaron el régimen de negociación colectiva en las empresas, han abierto un debate que va mucho más de los aspectos técnicos. Ya no se trata de preguntarnos cómo financiamos el Estado del bienestar, sino si es sostenible y, en ese caso, cómo lo es; o, incluso, si es deseable. Estas posturas irreconciliables están bien representadas en los vídeos explicativos de Carlos Rodríguez Braun y Joaquín Estefanía, respectivamente.

El estado de bienestar y el debate político

No estamos, por tanto, ante un disenso entre tecnócratas que buscan dirimir qué herramientas son mejores para consolidar un pacto interclasista (redistribución de riqueza vía impuestos progresivos) e intergeneracional (pensiones). El debate es de fondo: en un mundo globalizado, con la competencia asiática, la productividad y la tecnología jugando un papel predominante en la salud económica de una sociedad, ¿es mejor pensar en reformar el Estado del bienestar o darlo por imposible? ¿Es capaz la iniciativa privada e individual de proveer y buscar esos servicios básicos?

A su vez, este debate y sus respuestas han tenido y tienen enormes repercusiones políticas. Muchos analistas y partidos ven en los fallos y el desmantelamiento del Estado del bienestar las causas de que la crisis económica y financiera haya devenido en un cuestionamiento del sistema político-institucional. El auge del populismo sería, desde este punto de vista ostentado generalmente por partidos de izquierda y sindicatos, una consecuencia lógica no tanto de la crisis como de una gestión de la misma ajena a las costumbres más cohesionadoras e igualitaristas de las sociedades europeas. El aumento de la desigualdad y la incertidumbre general –y de las sensaciones subjetivas asociadas a ellas– sería tan importante o más que los propios datos racionales sobre las carencias económicas.

Existe un choque de legitimidades. El consenso social entre expertos y académicos parece indicar la deseabilidad de que la sociedad disponga de los servicios del Estado del bienestar. La diferencia radica en la naturaleza política de dichos servicios. ¿Debe proveerlos el Estado a través de un sistema de hospitales, centros de salud, escuelas y universidades públicas? ¿A través de una Seguridad Social basada en las aportaciones de la fuerza laboral o mediante el presupuesto general? ¿Mejor hacerlo con aportaciones privadas a seguros de salud y planes de pensiones, como recomiendan expertos y algunos gobernantes?

Esta batalla política marca la frontera esencial del debate político en Europa y, aún en mayor medida, en una sociedad especialmente declinante demográficamente como es España. La desigualdad ha aumentado desde la crisis de la deuda soberana europea que siguió a la mencionada crisis financiera con origen en EE.UU.. Los defensores de la insostenibilidad del Estado del bienestar apelan a causas ajenas a la gestión política coyuntural: estaríamos no tanto ante decisiones políticas discrecionales, como ante cambios estructurales relacionados con la robotización, la inteligencia artificial y la competencia asiática de una economía globalizada. Defender un Estado del bienestar como el existente antes de la crisis sería, desde esta posición, un ejercicio de nostalgia inútil.

Hacia un modelo digitalizado y globalizado

Por otro lado, son más los analistas, expertos y opinadores que sostienen que, aun estando ante problemas estructurales relacionados con el cambio científico-técnico y la globalización, es necesario prestar más atención a la cohesión social de las sociedades. Esto es, a un reparto más equitativo de cargas y beneficios. Frente a modelos que –según sus críticos– nos llevan a esquemas sociales desiguales con los mismos potenciales problemas que los latinoamericanos, apelan a cierta vuelta a los fundamentos básicos de una fiscalidad más agresiva respecto a grandes fortunas y empresas para distribuir en sectores y colectivos especialmente dañados por la crisis y la transición económica hacia un modelo digitalizado y globalizado.

No se trata necesariamente de una frontera entre izquierda y derecha. Son muchos los partidos encuadrados en extremos ideológicos opuestos que reivindican mayor protección a los trabajadores a través de diferentes vías. Pensemos en Le Pen en Francia o el Movimiento 5 Estrellas en Italia. Es en este contexto en el que hay que entender las coincidencias de partidos dispares contra una Unión Europea tachada de insensiblemente burocrática, dominada por lobbies empresariales y condicionada por una ideología liberal ajena a una tradición política que primaba cierta certidumbre y seguridad.

Surge de aquí una querella que marcará el debate político de fondo europeo en los próximos años. ¿Se debe apostar por más seguridad y protección? Si es así porque concluimos que la alternativa es el populismo, reaccionario o no, ¿cómo sufragarlo? Son preguntas que aún no tienen respuesta. Algunos expertos confían en un salto de la productividad exponencial gracias a los avances tecnológicos. La izquierda suele apelar a un reparto de una riqueza que ya existe, y el liberalismo y el centro-derecha ponderan en mayor medida las posibilidades de este salto tecnológico.

El Estado del bienestar y la supervivencia de la democracia y la paz social

Lo cierto es que la pregunta sobre el Estado del bienestar incluye muchas variables que derivan en la cuestión sobre la propia supervivencia de la democracia y la paz social. La eficiencia económica es suficiente y prioritaria para unos; una sociedad igualitaria, aún siendo menos pujante y competitiva sería más deseable y sostenible para otros. En este último caso, la subida selectiva de impuestos a las rentas y patrimonios más altos sería condición indispensable. La desigualdad ha disminuido entre los países ricos y pobres, pero ha aumentado dentro de países ricos anteriormente más cohesionados según los estudios de los principales organismos internacionales, tales como el FMI, la OCDE y otros servicios de estudios y think-tanks.

Aunque es en Europa donde más se evidencia este debate, las cuestiones de fondo apelan al tipo de sociedad global al que nos dirigimos y a qué comunidad política queremos pertenecer. El Estado del bienestar puede ser visto por muchos como una rémora para la competitividad en una economía global abierta debido a su coste –especialmente por el gasto creciente en pensiones en sociedades demográficamente declinantes–, pero, para otros, su mantenimiento puede ser la única forma de conservar la democracia y la estabilidad social.

En el debate sobre el Estado del bienestar y su futuro está, en gran medida, el diseño de las sociedades que construiremos en los próximos años. No es tanto una duda técnica como una elección política y cultural. Y nada está aún decidido.