En abril se cumplen 100 días desde la “Inauguración de Trump” y aunque aún es pronto para realizar determinadas reflexiones se pueden observar los primeros resultados de su acción política. Ya sabemos que:

(1) Será un presidente muy parecido al candidato Trump. Como pasó durante la campaña, el ‘establishment’ no logra contenerlo.

(2) Piensa gobernar América como cuando era CEO de sus empresas. La mitad de sus problemas tiene origen en esa confusión.

(3) El narcisismo va ganando al institucionalismo. Trump parece no darse cuenta de que la Constitución de los Estados Unidos fue pensada para que todos los poderes sean limitados.

(4) Desarrollará siempre una estrategia ofensiva y usará frecuentes “señuelos” para cambiar de tema. Los medios le critican, pero le siguen.

(5) La crítica le incomoda porque es narcisista, pero le ayuda porque reduce la política a la máxima sencillez: definir al ‘enemigo’ es una forma de fijar su base de apoyo. América sigue igual de dividida.

(6) Su mantra son los “negocios “y  para lograrlo cree que tiene que estar siempre mostrando una posición de fuerza.

(7) Elevará muchas veces la tensión política al borde del límite, pero sin superarlo: cree que así conseguirá mejores negocios.

(8) Aun así, de momento no ha conseguido ningún negocio, ni interno ni externo. El tiempo es peligroso para él: necesariamente deberá presentar negocios que demuestren que el país gana con un presidente confrontacional. Si no, los ciudadanos comenzarán a cansarse.

(9) Cambiará muchas veces de opinión. Ya lo hizo con el NAFTA (North American Free Trade Agreement) –renegociar es distinto a eliminar–, Irán –vigilar no es denunciar–; Jerusalén  –el irredentismo es contrario al pragmatismo–; o las dos Chinas –lo de Taiwán puede haber sido un aviso a China para que se ocupe de Pyongyang–.

(10) Cambiar de opinión no le pasó factura. La rigidez de las palabras es un problema de los políticos profesionales. De un billonario no se espera coherencia, solo eficiencia.

(11) Su Gobierno tendrá varias voces. El vicepresidente y los secretarios de Estado y de Defensa serán policías buenos y bomberos apagafuegos. A Trump, en cambio, le gusta hacer de policía malo y encender fuegos. Aún no sabemos si esta división del trabajo es improvisada, impulsiva o producto de una estrategia.

(12) Trump invitó para su gobierno a algunos profesionales de altísimo nivel –Rex Tillerson el primero de todos–. La contrapartida es que no podrá enviarlos a casa sencillamente como haría en uno de sus reality shows.

(13) Tiene una relación remota con la verdad –pero el mundo aprende al mismo tiempo a relativizar sus tweets–. El hecho de que confunda su programa de televisión con la realidad nos muestra el largo camino que aún debe recorrer para ser más realista.

(14) Prefiere tener una relación directa con sus bases que cuidar las instituciones y las formas. Su relación con el Partido Republicano es –apenas– indirecta y puede convertirse en un calvario mutuo. Ya se ven los primeros problemas y son graves.

(15) Le da igual lo que piense el mundo, pero es obsesivo con lo que piense ‘su’ América. Justo lo contrario que el Presidente Obama, que fue criticado en casa pero popular fuera.