Surgen las críticas al capitalismo desde ambos lados del espectro político y en múltiples países. ¿Cómo adecuar el capitalismo al siglo XXI? ¿Es imposible? ¿En qué basar sus principios en un mundo y una economía fundamentalmente distinta a la de épocas anteriores? Algunas ideas sobre el capitalismo, el neoliberalismo y la economía. El concepto neoliberal parece significar todo y nada. Esto genera problemas: es necesario distinguir entre economía e ideología.

  • El concepto neoliberal parece significar todo y nada. Esto genera problemas: es necesario distinguir entre economía e ideología.
  • La realidad económica muestra que la supuesta uniformidad en los arreglos institucionales no es tal: existe una gran diversidad en el modo de alcanzar los logros económicos de una economía vibrante y en crecimiento.
  • La propia teoría económica está cambiando: se acerca una nueva revolución en una economía basada en la psicología moral.
  • Una cosa está clara: la revolución tecnológica ha cambiado profundamente la economía. El capitalismo no funcionará justificándose con el éxito pasado, sino proponiendo soluciones para el futuro.  

Pero, ¿qué es exactamente el neoliberalismo?

El profesor Dani Rodrik, de la Universidad de Harvard, comenta en The Boston Review que “vivimos en la era del neoliberalismo, aparentemente”. Pero, ¿qué es exactamente el neoliberalismo? ¿Quiénes son los neoliberales?

El neoliberalismo es difícil de definir pero “en términos amplios, denota su preferencia por los mercados sobre el gobierno, los incentivos económicos sobre las normas culturales y al emprendimiento privado sobre la acción colectiva”, define Rodrik. El problema es que se ha aplicado a fenómenos muy diversos: de Pinochet a Thatcher y Reagan, de Clinton a Blair y el nuevo laborismo, de la apertura china a la reforma del estado de bienestar en Suecia.

Esto nos lleva a plantearnos la segunda pregunta: ¿quiénes son los neoliberales? La confusión se incrementa. Charles Peter publicó “El manifiesto neo-liberal”, un influyente ensayo de 1982 donde las ideas que se esbozan se parecen más a los “liberales americanos”, es decir, más de izquierda en la lógica europea que no a lo que se entiende hoy por neoliberal. No es hasta la década de los 90 cuando el neoliberalismo se asoció a dos desarrollos: la desregulación financiera por un lado y la globalización económica por otro.

El neoliberalismo: entre la economía y la ideología

El problema de esta indefinición es que los críticos al neoliberalismo se han centrado en muchas ocasiones en aspectos equivocados. No hay nada malo en el mercado, el emprendimiento privado o los incentivos, siempre que se desarrollen de manera adecuada, han sido la base de algunos de los mayores logros de nuestra época. Un ataque sin sentido al neoliberalismo podría hacer que estas ideas positivas también se rechazaran.

Entonces, sugiere Rodrik, lo importante es realizar una crítica fundamentada y, para ello, es necesario analizar la economía detrás del neoliberalismo y poder discernir así entre ciencia económica y la mera ideología neoliberal. Con ello, se puede desarrollar la imaginación institucional necesaria para rediseñar el capitalismo del siglo XXI.

¿Dónde reside el problema? Existen una serie de ideas y conceptos que suenan a neoliberales como la eficiencia, los incentivos, los derechos de propiedad, la política fiscal y monetaria prudente que parece que sólo pueden llevarse a cabo “al estilo de la agenda Thatcher/Reagan”. Y este es uno de los grandes problemas: no es necesariamente así. Existen diversos arreglos institucionales para llevarlos a cabo que van mucho más allá que estas propuestas.

Si algo nos ha mostrado la historia económica reciente es que estos principios económicos se han conseguido llevar a cabo con muy diversos arreglos institucionales: el peso del sector público es del 33 por ciento en Corea, pero casi del 60 % en Finlandia; el 86 % de los trabajadores están sindicalizados en Islandia y sólo el 16 % en Suiza o el despido es fácil en EE.UU. y difícil en Francia. La bolsa tiene un valor total de un 150 por ciento del PIB de EE.UU. mientras que es sólo un 50 % en Alemania. La idea, por tanto, de que un modelo es superior a otro ha sido desmentida por la experiencia real en las últimas décadas.

De hecho, muchos de los países que más se han beneficiado de su apertura a los mercados globales –China, Corea del Sur, Taiwán o Japón– son puestos como ejemplo de las bondades del neoliberalismo cuando, en realidad, han triunfado precisamente porque fueron en contra de muchas de las estructuras neoliberales, incluyendo subsidios a la exportación y con restricciones a las importaciones.

De la ciencia, el arte y más allá del homo economicus

La economía avanza no porque se mejora el modelo ideal o una teoría concreta, sino porque se perfecciona nuestro conocimiento de la diversidad de las relaciones causales. El neoliberalismo y sus remedios de siempre –más mercado, menos gobierno– “son de hecho una perversión de la corriente principal en economía. Los buenos economistas saben que la respuesta correcta a cualquier pregunta en economía es: depende”.

Los modelos económicos deberían ser vistos como mapas, representaciones estilizadas de la realidad que nos permiten seguir un camino. Pero, dice Rodrik, los economistas son buenos haciendo mapas, no eligiendo el mejor para cada situación. Keynes definió la economía como “la ciencia de pensar en términos de modelos unida al arte de elegir los modelos que son relevantes”. Para Rodrik, los economistas tienen problemas con la parte más “artística”.

Pero también existen una serie de asunciones que deben ser matizadas. Ricardo Haussman, ex economista jefe del BID y actual director del Centro para el Desarrollo Internacional de Harvard, indica que “una silenciosa revolución está desafiando los fundamentos de la economía, prometiendo cambios radicales en la forma en que visualizamos numerosos aspectos de las organizaciones, las políticas públicas y hasta la vida social”.

Al igual que la economía del comportamiento es cada vez más reconocida –y con seis premios Nobel en sus filas– la nueva revolución proviene de la psicología. Pero mientras la economía del comportamiento se basa en la psicología cognitiva, la revolución actual tiene más que ver con la psicología moral.

Están cambiando, a mejor, una serie de axiomas ejemplificados en la idea homo economicus. La economía del comportamiento puso en duda la idea de que los seres humanos emitieran juicios de modo acertado y demostró que los supuestos del homo economicus no se sostienen. Pero, siguiendo la teoría del Richard Thaler, reciente Nobel de Economía, lo más que se podía hacer era “empujar” de modo sutil a la gente a tomar mejores decisiones (la nudge theory).

La nueva revolución, indica Haussman, va más allá y se plantea también “qué deberíamos hacer”. Se indica así que los sentimientos morales, la idea de cooperación –al final y al cabo somos la especie más cooperadora del planeta–  evolucionaron para poner el “nosotros” por encima del “yo”. Así, surgen sentimientos como la culpa, la vergüenza, la indignación, la empatía y también nociones de injusticia.

Dos libros recientes van en esta línea. En Identity Economics, Akelrof y Kranton proponen añadir otro aspecto al modelo económico convencional. La norma o ideal asociado a ciertas “categorías sociales” con las que uno se identifica. Así, las personas tenderían a comportarse según esa idea porque les produce satisfacción.

Por otro lado, Sam Bowles muestra en The moral economy esquemas distintos de comportamiento. Pone como ejemplo una guardería que, tras pedir a los padres –sin mucho éxito– que no llegaran tarde a recoger a sus hijos, decidió imponer una multa. Una vez hecho esto, el número de retrasos aumentó: la multa es un precio –y la gente lo pagaba– en lugar de potenciar la idea de que llegar tarde es una falta de respeto o un comportamiento inadecuado y que, por tanto, las personas lo evitarían por “amor propio” aún sin multas.

Así, indica Haussman, esta “nueva revolución” puede sacar lo mejor de nuestra propia naturaleza y no centrándose sólo en la parte más oscura y meramente egoísta.

En defensa del capitalismo del siglo XXI

Como hemos visto, el sistema económico actual debe tener en cuenta que existen muy diversos arreglos institucionales para conseguir los efectos buscados de una economía vibrante, fuerte y en crecimiento. Además, los modelos deben mejorarse para comprender mejor la realidad y actualizar algunos de sus axiomas, incorporando una dimensión moral.

Así, concluye David Howell, político conservador británico y miembro de la Cámara de los Lores, aquellos que defienden el capitalismo no tienen éxito porque “sus análisis siempre miran hacia atrás“ y no tienen en cuenta los cambios que la revolución digital y la nueva era de las redes ha supuesto. Por ello, pensar que el “antiguo modelo capitalista es la respuesta a todos estos temas, y otros, es un insulto a la inteligencia mundial”.

Lo que sirvió en el pasado no servirá para el futuro. Esto implica replantearse muchas cosas, también en la propia economía.