Trump, Salvini, Bolsonaro o los impulsores del Brexit, pero no solo ellos, protagonizan el fenómeno político más destacado y potencialmente desestabilizador de los últimos tiempos. Para algunos resulta amenazante y para otros motiva la esperanza por algo distinto y mejor. Sea como sea, los términos «populismo» y «populista» han cobrado tal preeminencia en el debate público que se han convertido en un auténtico cajón de sastre, una etiqueta atribuida a todo tipo de partidos, movimientos y actitudes a lo largo de todo el espectro ideológico y en diferentes etapas históricas, con una profusión que en buena medida desdibuja su significado y dificulta su comprensión.

Fruto de la necesidad de entender y abarcar la cuestión, se han generado toneladas de literatura con calidad y profundidad dispar. A rebufo del enorme interés que suscita, politólogos, periodistas, filósofos, sociólogos y economistas han trazado genealogías y establecido taxonomías del fenómeno en sus diferentes manifestaciones y en distintas latitudes. Nosotros rescatamos para esta reseña una selección bibliográfica compuesta por cuatro autores y tres libros: El pueblo contra la democracia: por qué nuestra libertad está en peligro y cómo salvarla, de Yascha Mounk; Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt; y El regreso liberal: Más allá de la política de la identidad, de Mark Lilla. Las tres obras se cuentan entre lo más destacado de la literatura actual en castellano sobre el populismo. Las distintas perspectivas de sus autores resultan complementarias, a veces polémicas pero bien argumentadas. Mientras que Mounk nos ofrece un análisis macro de la evolución socioeconómica que nos ha llevado hasta aquí, Levitsky y Ziblatt explican, mediante el análisis histórico comparado, el modo en que el populismo socava la democracia desde dentro, y el papel de las instituciones y los agentes políticos en estos procesos. Mark Lilla por su parte analiza el caso concreto. Desde una perspectiva más militante, estudia la debacle del partido demócrata y la ausencia de una visión liberal de la sociedad frente al auge de la extrema derecha estadounidense.

En el momento de escribir estas líneas, comienza a materializarse una consecuencia muy real y tangible de lo que se ha dado en llamar «políticas populistas»: Reino Unido sale de la Unión Europea. Sus líderes reconocen el daño causado por el Brexit a la economía británica, estimándolo en un 3,9% del PIB durante 15 años en caso de acuerdo pactado; de un 9% en caso de que no haya acuerdo. Más allá del ruido, las decisiones políticas, populistas o no, tienen consecuencias reales. ¿Qué está pasando? ¿Vivimos un «momento populista» o estamos más bien entrando en una «era populista» de largo recorrido?

La senda hasta el momento actual:

Tras la caída de la Unión Soviética, se creía que el triunfo definitivo de la democracia liberal en todo el mundo sería solo cuestión de tiempo. Era el «fin de la historia» pronosticado por Fukuyama. En EE.UU. el nivel de vida se había duplicado entre 1935-1960, y de nuevo entre 1960-1985, pero a partir de entonces comenzó a estancarse. Tras la crisis financiera iniciada en 2007, la sensación en EE.UU. y en la mayor parte de Occidente ha sido de franca involución. Por otro lado, sociedades tradicionalmente homogéneas o con una clara jerarquía étnica y cultural se han convertido en las últimas décadas en sociedades netamente multiculturales, donde las minorías ya no se conforman con una igualdad nominal y donde otros sectores mayoritarios perciben estos cambios como una amenaza. Por último, hasta ayer por la tarde los medios de comunicación de masas eran coto exclusivo de las élites políticas y económicas. En opinión de Mounk, esta condición permitía que el establishment político marginara las opiniones políticas extremas. En la actualidad, la democratización de los medios de comunicación ha estrechado mucho la distancia entre centro y periferia política, dando espacio y alcance a las opiniones políticas más peregrinas y radicales.

Esta evolución general de los acontecimientos, tal y como explicaba Mounk, ha puesto en entredicho dos consensos fundamentales, muy arraigados desde el fin de la Guerra Fría: ni la estabilidad de la democracia en el mundo está asegurada, ni tampoco el liberalismo y la democracia son inseparables. En este sentido, se ha señalado una deriva muy importante: no se trata solo de que los ciudadanos muestren un escepticismo y hartazgo creciente hacia las instituciones liberales, es que las propias élites políticas se han aislado cada vez más. Se habría configurado entonces un tipo de liberalismo respetuoso con los procedimientos y con los derechos individuales, pero al mismo tiempo, amplias masas de votantes percibirían que sus votos no sirven para nada y que se está gobernando de espaldas a su voluntad. Este desgajamiento entre liberalismo —con el principio de los derechos individuales— y democracia —con el precepto de la voluntad popular— genera tensiones que están siendo aprovechadas por las alternativas populistas.

Los pilares básicos del populismo:

El rango que va desde Rodrigo Duterte en Filipinas hasta Alexis Tsipras en Grecia nos da una referencia sobre la gran complejidad y diversidad del fenómeno populista. No obstante, es posible delimitar unos principios elementales que ilustran el modo populista de ver el mundo y la política:

  1. La política es un asunto mucho más simple de lo que afirman los políticos tradicionales. La gente sabe instintivamente lo que hay que hacer.
  2. La necesidad de un «hombre honrado» capaz de compartir la visión del pueblo, dispuesto a llevarla a cabo sin reparar en obstáculos institucionales.
  3. La búsqueda de un chivo expiatorio: China, los extranjeros, terroristas, musulmanes, el establishment, los medios o los capitalistas… En definitiva, los culpables del estancamiento de las rentas y de la amenaza a la identidad.

En cierto sentido, y aquí viene la paradoja señalada por Mounk, los líderes populistas serían más democráticos que los políticos tradicionales. Creerían con firmeza que los principios y objetivos sostenidos por una supuesta mayoría social deberían llevarse a cabo a toda costa porque «así lo quiere el pueblo»; y ninguna institución o derecho individual debería oponerse a la voz general. Muchos de los principales movimientos populistas serían profundamente iliberales, sostiene Mounk, pero no necesariamente antidemocráticos. El mapa de la disputa que se dibuja sería entonces entre las «democracias iliberales», que ponen en peligro los derechos individuales y de las minorías; y el «liberalismo no democrático», en el que los derechos y garantías son teóricamente respetados, pero donde la democracia, en su sentido etimológico, no funcionaría.

«Democracias iliberales» no es más que uno de los posibles términos acuñados para designar a los nuevos movimientos que ponen en cuestión la democracia liberal moderna tal y como la conocemos. Por más que se tracen paralelismos con las dictaduras de los años 30, la morfología y el modus operandi de los nuevos autócratas han cambiado. En la práctica totalidad de Occidente ya no operan dictaduras de riendas desatadas en forma de fascismo, comunismo o gobierno militar. La gente sigue votando, mientras los presidentes electos, bajo la apariencia de legalidad, impulsan medidas que en realidad subvierten la democracia. Con la excusa de combatir la corrupción o mejorar el sistema electoral, van minando instituciones clave, intentando controlar el poder judicial o sobornando y presionando a los medios de comunicación. Para muchos, este progresivo deterioro de la democracia resulta casi imperceptible. Con su método comparativo Levitsky y Ziblatt investigan en qué se equivocaron los políticos del pasado para abrir las puertas a dictadores en potencia o, en cambio, qué estrategias usaron para mantener a los extremistas alejados del poder. Las conclusiones de su estudio arrojan grandes similitudes entre populismos autoritarios aparentemente muy distintos.

El caso de EEUU:

Como primera potencia mundial y una de las democracias liberales más antiguas y sólidas del mundo, el ascenso del trumpismo en EE.UU. se ha convertido en uno de los casos más mediáticos del populismo. Lilla, Levitsky, Ziblatt o Mounk señalan la década de 1980-90, la América de Reagan, como cesura clave que sitúa el incremento progresivo de la polarización política en el país hasta llegar al momento actual. En su libro, Lilla analiza los programas y campañas electorales de los demócratas, subrayando su incapacidad para crear una visión ambiciosa e integradora del país. En detrimento de un discurso integrador de la ciudadanía, la izquierda estadounidense habría derivado hacia políticas identitarias de las minorías, dejado el campo expedito para el mensaje reactivo de la extrema derecha, aquel que apela con éxito a los sentimientos y miedos más arraigados de sus votantes. El ensayo de Mark Lilla resulta útil para extrapolar algunas enseñanzas sobre la polarización política y su traslación al debate étnico y cultural; aquel caldo de cultivo que Levitsky y Ziblatt señalaban como condición necesaria para el ascenso del populismo y la muerte progresiva de las democracias.

Qué hacer:

Por más que la primera gran ola de populismo autoritario ha llegado al poder en Estados Unidos, Hungría, Italia o Brasil, entre otros países, las verdaderas consecuencias políticas, económicas y sociales del fenómeno, así como una eventual segunda ola en países como Francia o Alemania, aún no ha sido bien calibrada. Otro tanto ocurre con la prescripción de recetas para combatirlo. No obstante, Mounk propone un plan de actuación conjunta en distintos ámbitos:

  • En la parte económica recomienda políticas efectivas para atenuar la desigualdad y sostener, en la medida de lo posible, la aspiración a la mejora en los niveles de vida. El reparto equitativo del crecimiento económico, sostiene el politólogo, no es solo ya cuestión de justicia distributiva sino factor crítico para la estabilidad política.
  • En el orden geoestratégico, y en contra de la corriente de opinión generalizada, defiende que para aprovechar los potenciales beneficios de la globalización, debería recuperarse el estado-nación como agente relevante en las grandes decisiones globales.
  • En lo que respecta a la construcción de un imaginario común, y en conexión con Mark Lilla, señala la importancia de construir un discurso cuyo santo y seña sea la democracia plural y multiétnica, donde se destaquen más los elementos que nos unen que los que nos separan.
  • Las escuelas y universidades necesitan recuperar su papel en la formación de ciudadanos dentro del marco de la democracia liberal.

Por su parte, Ziblatt y Levitsky ponen el acento en la importancia de los comportamientos de la élite política de los partidos tradicionales. Abordan además una cuestión crucial: si todos los mecanismos de contención han fallado y los políticos autoritarios han llegado al poder, ¿serían las instituciones un freno suficiente para este tipo de gobernantes? Si lo llevamos al caso práctico, ¿podrán las instituciones estadounidenses frenar el proyecto del trumpismo? La respuesta de los profesores de Harvard es que por sí solas no bastan. Se requieren normas democráticas sólidas y concisas; una defensa constitucional activa de los partidos y la ciudadanía organizada; y también son importantes las normas no escritas, aquellas que fueron claves para la estabilidad política de EE.UU. durante todo el siglo XX. A saber: la tolerancia mutua entre partidos rivales y la contención de los propios políticos a la hora de ejercer sus prerrogativas constitucionales.

 

 

 

 

Cómo mueren las democracias. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Ariel, septiembre 2018. 336 pp.

 

 

 

 

 

 

 

 

El pueblo contra la democracia. Por qué nuestra libertad está en peligro y cómo salvarla. Yascha Mounk. Paidós, septiembre 2018. 416 pp.

 

 

 

 

 

 

 

El regreso liberal. Más allá de la política de la identidad. Mark Lilla. Debate, mayo 2018. 160 pp.