El mundo está experimentando un cambio profundo: tras un siglo de crecimiento demográfico exponencial las próximas décadas prevén un crecimiento reducido e incluso podría retroceder. Esto, asociado con un mayor envejecimiento, supone unos retos profundos para los estados y sus políticas en las próximas décadas.

Claves

El envejecimiento poblacional –aunque ahora incide más en Europa y Norteamérica– afectará a todas las regiones: en 2050 se espera que el 80 % de la población viva en regiones en desarrollo. En ese mismo año se calcula que el porcentaje de mayores de 60 años será del 35 % en Europa, el 28 % en Norteamérica, el 25 % en Latinoamérica y el 9 % en África.

El envejecimiento también se verá afectado por la desigualdad. Diversas condiciones –educación, salud, tipo de empleo y vida laboral– suponen desigualdades que se van sumando y alcanzan su plenitud en la vejez. Será un problema que habrá que gestionar.

Muchos países necesitarán también adaptar sus políticas de inmigración y las pensiones públicas, pero se encuentran con resistencias internas.

¿Afecta negativamente al crecimiento económico? Existen posturas encontradas pero las bases del mismo serán necesariamente distintas.

Algunas tendencias demográficas

Frente al crecimiento exponencial que se verificó al inicio del siglo XX, la actualidad ve un estancamiento poblacional –e incluso un declive– producido por la reducción de las tasas de fertilidad. Con ello, la edad media de la población aumenta. Por el momento, tenemos países con tendencias distintas –en algunos la población crece y en otros no– “pero en breve la población de la mayoría de los países comenzará a declinar”, indica Edan Prabhu en Brookings.

El envejecimiento de la población queda patente en las tendencias que ofrece la División de Población de Naciones Unidas:

  • El total de población mayor de 60 años alcanzó los 962 millones en 2017, más de la mitad que en 1980. Se espera que el número se duplique en 2050 hasta los 2.100 millones . A nivel global, los mayores de 80 se esperan que tripliquen su número de aquí a 2050, pasando de 137 millones a 425.
  • En 2030, las personas ancianas serán más que los menores de 10 años: 1.410 millones vs. 1.350 millones. En 2050 los ancianos serán más que los adolescentes y jóvenes.
  • Dos tercios de las personas mayores viven en regiones en desarrollo y se espera que en 2050 lo haga el 80 por ciento.
  • Todas las poblaciones de todos los países están envejeciendo. En 2050 se espera que la proporción de mayores de 60 años sea: Europea (35 %), Norteamérica (28 %), Latinoamérica (25 %), Asia (23 %) y África (9 %).  

En definitiva, concluye la ONU, es necesario adaptar las propuestas políticas a esta realidad y ser capaz de cubrir las necesidades de estos ancianos en políticas relativas a la vivienda, el empleo, la sanidad, la protección social y la solidaridad intergeneracional.  

Desigualdad y vejez: nuevas políticas para nuevas necesidades

Un reciente estudio de la OCDE analiza las consecuencias del “envejecimiento desigual”, entendido como las desigualdades que se generan a lo largo de la vida y que se materializan en la vejez. Los efectos son profundos e implican problemas para el crecimiento económico, limitan la movilidad social intergeneracional y ponen en peligro la cohesión social.

Según este informe, las nuevas generaciones “afrontarán mayores riesgos de desigualdad en la vejez que los jubilados actuales y su experiencia en la vejez para las generaciones nacidas en la década de 1960 cambiará drásticamente”. Entre el declive poblacional, la desigualdad creciente en la vida productiva y las reformas que han disminuido los ingresos por concepto de pensiones, estas nuevas generaciones tendrán un mayor riesgo de pobreza. Esto afecta aún más si tenemos en cuenta la desigualdad de género: “los pagos anuales de pensiones para las personas mayores de 65 años son hoy cerca de 27 % más bajos para las mujeres y la pobreza en la vejez es mucho más alta entre ellas que entre los hombres”.

La OCDE propone así que los países adopten un enfoque vitalicio en tres áreas:

  1. Prevención de la desigualdad: Con medidas en educación temprana de calidad, ayudar a jóvenes en su incorporación al mercado de trabajo y aumentar el gasto en salud.
  2. Mitigar la desigualdad existente: Con servicios de salud más enfocados en el paciente, iniciativas para incorporar a parados al mundo laboral y eliminar restricciones para el trabajo de ancianos.
  3. Hacer frente a la desigualdad en la vejez. Con reformas en las pensiones, por ejemplo.

Política fiscal, desigualdad y crecimiento económico

La desigualdad, por tanto, es un aspecto central. Un reciente estudio del FMI, señala The Economist, ha analizado cómo la política fiscal puede ayudar a abordar la desigualdad. El coeficiente Gini, la medida estándar para analizar las desigualdades, “es aproximadamente un tercio más bajo tras impuestos y transferencias”. Pero mientras estas políticas suponían el 60 % del cambio en la desigualdad del mercado entre 1985 y 1995, en la actualidad apenas tienen efecto.

Esto se debe a que el tipo de políticas han cambiado y los impuestos sobre los ingresos han bajado. Pueden existir varias explicaciones aunque la experiencia las ha desechado. Pero hay una que sigue teniendo mucho predicamento: la idea de que bajar el impuesto a los ricos favorece una mayor inversión y más crecimiento económico. Pero el estudio del FMI sobre los países de la OCDE entre 1981 y 2016 no encontró este tipo de relación e incluso concluyó que “existe espacio para incrementar la progresividad de los ingresos vía impuestos sin afectar negativamente al crecimiento”. Eso sí, el tipo óptimo para recaudar más se establece en el 44 %: en algunos países es más bajo –por lo que tendrían margen para subirlo– pero en otros está por encima.

Ahora bien, los impuestos deberían coordinarse entre una mayoría de países para evitar la competencia fiscal y ser más eficientes. Y la historia ha mostrado lo difícil que es. Esto adquiere aún mayor relevancia si tenemos en cuenta el envejecimiento de la población y la necesidad de inversión en ciertas políticas.

Más políticas: inmigración y pensiones. La discusión asiática

El este de Asia es una de las regiones donde el cambio demográfico y sus consecuencias son más profundas con tres economías –Japón, Corea del Sur y Singapur– entre las diez con mayor esperanza de vida del mundo. Con ello, la fuerza laboral declinará –ya lo hace en Japón y Singapur– y en breve también en países como China.

¿Qué hacer? El ex vicepresidente sénior del Banco Mundial Vinod Thomas propone dos políticas fundamentales para anticiparse a las consecuencias demográficas. Por un lado, es necesario abrirse más a los flujos migratorios. “En sociedades envejecidas, el influjo de trabajadores jóvenes puede también aliviar la tensión en el sistema de pensiones o la carga de los sistemas asistenciales”. Pero la población no es muy receptiva a la inmigración por temores económicos –que les quiten el trabajo– y preocupaciones de cohesión social y cultural.

Otro aspecto esencial tiene que ver con las pensiones, más aún con un porcentaje de ancianos cada vez más alto. Es necesario pensar adecuadamente estos sistemas públicos y también que los trabajadores ahorren para su futuro. En definitiva, la transición demográfica debe ser tenida muy en cuenta.

Crecimiento económico y envejecimiento: ¿es beneficioso o no?

Un último aspecto central del debate sobre las consecuencias del envejecimiento de la población está relacionado con el crecimiento económico. Por ejemplo, Edan Prabhu enfatiza cómo la gran mayoría de teorías económicas y de crecimiento se han basado en la expansión, nuevos mercados y nuevos territorios. ¿Qué ocurre si vamos hacia la contracción, mercados más pequeños para las empresas? Podemos ver múltiples consecuencias en la innovación, la sanidad, los cambios de prioridades –menos necesidad de escuelas o ciertas infraestructuras, por ejemplo– y, en definitiva, un mundo donde los factores clásicos asociados al crecimiento económico han desaparecido. En este sentido, el envejecimiento estaría correlacionado negativamente con el crecimiento económico. Pero, ¿es esto así?

Chang Se-moon, director del Gulf Coast Center for Impact Studies se adentra en la discusión. En un reciente estudio del Banco de Corea, se cifraba en una pérdida del 0,4 % de crecimiento en Corea en 10 años “por el rápido envejecimiento de la población”. Algunos estudios son muy partidarios de esta hipótesis. Por ejemplo, otro estudio publicado por la Universidad de Stanford en octubre de 2014 afirmaba que “un 10 % de aumento en la fracción de la población de más de 60 hace decrecer el PIB un 5,7 %”.

Otros análisis dicen lo contrario o no encuentran pruebas de esta relación. Acemoglu y Restepo en enero de 2017 parecen concluir algo diferente: “No existe este tipo de relación negativa en los datos. Si hay algo, es que los países que están envejeciendo más rápido han crecido más en las últimas décadas”. Esto puede ser debido a que en estos países con cambios demográficos pronunciados adoptan antes y en mayor medida las tecnologías de automatización. Como en muchos otros casos, la innovación –la robótica y la inteligencia en este caso– ayuda a superar algunos de los problemas que se pueden encontrar las empresas en países con poblaciones cada vez más envejecidas.

Chang Se-moon concluye con una cierta esperanza: “Parece el momento para que todos veamos el envejecimiento de la población desde una perspectiva más positiva que negativa”.